"Mientras mi cuerpo dormía indefenso, mi alma luchaba para que la muerte no entrara por la ventana."
Dormía entre mármoles blancos y lámparas de oro tenue, en un palacio imposible levantado por la fiebre y el cansancio de mi carne recién abierta por la ciencia. Las columnas interminables respiraban silencio, y los corredores parecían extenderse como venas infinitas dentro de un reino hecho de sueño y penumbra. Yo corría descalzo por aquellas galerías imperiales mientras una bestia me perseguía con hambre de eternidad; una fiera inmensa, nacida del miedo, rugía detrás de mí como si quisiera arrancarme no sólo la vida, sino también el recuerdo de haber existido.
Sus ojos ardían entre las sombras de aquel amanecer onírico. Se deslizaba entre las columnas blancas dejando un eco de muerte, y cada zarpazo suyo estremecía el suelo de aquel imperio vacío. Yo huía sin comprender que el verdadero enemigo no estaba en el sueño, sino aguardando fuera de él. Entonces llegó el instante final: acorralado frente a una escalinata de alabastro, herido y exhausto, tomé la fuerza desconocida que sólo nace cuando el alma comprende que aún no puede morir. Y asesiné a la bestia.
Pero antes de caer, en la agonía feroz de su derrota, la criatura lanzó un último zarpazo que arrancó mi rostro en medio de un relámpago rojo y negro. El dolor fue tan real que desgarró el velo del sueño.
Abrí los ojos sobresaltado, respirando como quien emerge del fondo de un océano oscuro, todavía débil por la operación que apenas me había devuelto al mundo de los vivos.
Y entonces la vi.
Posada en la ventana de mi habitación, sobre aquel borde silencioso suspendido entre la noche y el amanecer, estaba la rapaz.
Inmensa.
Inmóvil.
Esperando.
Sus ojos naranjas atravesaban la penumbra con una intención antigua, como si hubiese descendido desde algún rincón invisible del universo para reclamar aquello que la enfermedad no había conseguido llevarse. El cielo detrás de ella todavía era oscuro, apenas herido por una línea de luz naciente, y el cuarto permanecía inmóvil, vulnerable, indefenso… igual que yo.
Comprendí entonces que el sueño jamás había sido un simple sueño.
Aquel palacio imperial no era fantasía: era una fortaleza levantada por algo superior dentro de mi mente dormida. La bestia que me perseguía había sido una preparación, una advertencia sagrada, una batalla simbólica destinada a enseñarme a defenderme antes del verdadero ataque. Mientras mi cuerpo descansaba inerme entre vendas y cicatrices, mi espíritu había sido conducido a combatir para no perecer.
Porque hay noches en que el alma ve primero lo que los ojos todavía ignoran.
Y aquella ave no vino desde la oscuridad para contemplarme: vino por mi vida. Pero algo infinitamente más grande que su sombra descendió sobre mí y detuvo su sentencia; una fuerza silenciosa, invisible y eterna, que me devolvió otra vez al estado de inercia entre los vivos, mientras el amanecer aún temblaba detrás de la ventana, que tras sus muros, contenía a un alma desvalida.
Por León Vechhio
Tamaño : Diptico de Lienzo de Tela Vertical. 1.60 mts alto x 1.20 mts ancho, cada uno, en bruto (sin marco);
Técnica: Pintura al Óleo;
Estado: En Colección Privada
Código: LV-2016-001;
Año de Creación : 2016;
Autor: Lucian Verona.