"A veces la sombra no viene a destruirnos, sino a revelarnos aquello que aún nos protege."
Corría entre columnas inmensas de mármol blanco, dentro de un palacio imperial que parecía construido con el eco de antiguos dioses. El amanecer apenas comenzaba a respirar detrás de los vitrales, y una luz tenue, casi moribunda, descendía sobre los corredores interminables como un velo de ceniza dorada. Todo era hermoso y terrible al mismo tiempo.
Entonces escuché el rugido. La fiera apareció entre las sombras como si hubiese nacido del mismo miedo. Sus ojos verdes ardían con una inteligencia salvaje y cruel, mientras sus pasos estremecían el suelo pulido del recinto. No me perseguía por hambre; me perseguía por existencia. Quería arrancarme del mundo, borrar mi nombre de la memoria de la tierra y beberse el último vestigio de mi alma.
Corrí. Mi respiración golpeaba los pasillos vacíos mientras me escondía entre las columnas, sintiendo detrás de mí el gruñido profundo de la bestia, cada vez más cerca, cada vez más vivo. El tigre olía mi terror. Lo escuchaba rasgar el silencio con sus garras, acechándome como una sentencia inevitable escrita desde antes de mi nacimiento. Y sin embargo, algo extraño ocurría.
Mientras el miedo intentaba devorarme, una presencia invisible parecía abrir pequeños caminos dentro de la oscuridad.
Como si el mismo sueño colocara frente a mí una fuerza silenciosa que impedía que la muerte terminara su obra. Había una protección incomprensible latiendo entre las sombras del amanecer.
Cuando la fiera finalmente saltó sobre mí, el tiempo se rompió. Sentí el choque brutal de su cuerpo y una opresión espantosa, el aliento caliente de la bestia sobre mi rostro y el filo de sus garras desgarrando mi torso. En un acto desesperado, más instintivo que de valentía, atravesé con un gran hierro su garganta. El tigre cayó lentamente, vencido, mientras un rugido agonizante llenaba el palacio como el derrumbe de un imperio.
Pero antes de morir, insospechadamente lanzó un último zarpazo: aquel golpe arrancó la piel de mi rostro dentro de un sueño más que extraño, en donde intentaba poner en su sitio la imagen de mi cara hecha pedazos. Desperté violentamente.
El alba verdadera ya nacía detrás de mi ventana, fría y silenciosa, mientras una enorme ave rapaz permanecía inmóvil observándome desde afuera, como guardiana de un límite que no comprendía. Sus ojos parecían conocer algo que yo ignoraba. Algo antiguo; algo inevitable; algo malévolo.
Y aun así… no sentí muerte; sentí advertencia. Comprendí entonces que aquella visión no había sido creada para destruirme, sino para mostrarme que incluso cuando el mal ruge desde las sombras y reclama nuestra existencia, hay fuerzas invisibles que continúan sosteniéndonos en el borde del abismo.
Porque algunas batallas no terminan cuando despertamos. Y algunas protecciones sólo se revelan después de sobrevivir a la noche.
Por León Vechhio
Tamaño : Lienzo de Tela Horizontal 0.75 mts alto x 1.00 mts ancho, en bruto (sin marco);
Técnica: Pintura al Óleo;
Estado: En la Colección Privada
Código: LV-2013-001;
Año de Creación : 2013;
Autor: Lucian Verona.